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Memoria

Los Prisioneros

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Hay algunas cosas de las que no estoy muy seguro cuando empiezo a mirar para atrás, recuerdos que se hacen cada vez más vagos, conforme los va mancillando el paso del tiempo. Cosas como compañeros del colegio, sus nombres, cosas como quien diablos era el ministro del interior por aquel año, ese tipo de tonteras; sin embargo hay otras cosas, que se me quedan grabadas como parte indefectible de mi mismo, cosas que, a la hora de los «quiubos», terminan por definirme, y terminan por ser mucho más importantes para mí­, de lo que incluso yo mismos pensaba. Una de esas cosas, ya te lo he dicho, es la música, música en cuanto a banda sonora de la vida misma, por eso te puedo contar que la primera vez que escuché música chilena con bajo, guitarra y baterí­a, debo haber tenido algo así­ como 13 años. Estaba en la cocina de mi casa era verano, y en la radio sonó una canción llamada Sexo de un tal grupo Los Prisioneros» Cómo te lo explico, el efecto fue impresionante. Haz el siguiente ejercicio» escucha esa canción ahora mismo, escucha su letra, su música, el sonido» retrocede en el tiempo a 1984 y trata de imaginar lo que era, para un pergenio de trece años escuchar tamaña obra de arte, porque a estas alturas, para que nos vamos a ir con letras chicas. Recuerdo que en ese mismo momento juré que iba a formar mi propia banda y que algún dí­a serí­a capaz de hacer canciones tan geniales como esas. Bueno, eso lo intenté y supongo que me moriré tratando de cumplir esa promesa infantil, porque las promesas infantiles, esas que se componen de sueños descabellados, son las más importantes de todas.

Ese disco hoy conocido como La Voz de los Ochenta, fue grabado por Caco Lyon, a 8 pistas creo, con los conocimientos en sonido de aquella época, con los instrumentos musicales que tení­an Los Prisioneros, en fin, con toda la precariedad del medio musical de aquellos tiempos; ese disco fue una proeza.

Recuerdo que la primera vez que vi a Los Prisioneros, fue en una kermesse ochentera de colegio católico, tirando para cuico» o sea algo horrible, pero en ese tiempo, la religión tení­a un poco más de margen para realizar actividades que requirieran juntar gente. Era un dí­a sábado y aunque era verano, parecí­a invierno. No habí­an teloneros, la entrada costaba 100 pesos. Los Prisioneros llegaron en una Subaru blanca y comenzaron ellos mismos a armar sus instrumentos. Ni ellos, los músicos, ni nosotros, el público, sabí­amos todaví­a como comportarnos, en momentos como esos, o sea, ni ellos se comportaban como jóvenes rockeros camino a la fama, ni nosotros como verdaderos fans, que ya lo éramos, pero nos negábamos aún a aceptarlo.

En la primera prueba de sonido recuerdo que el Miguel, el baterista, rompió el parche de la caja, y todos dijimos Huuuuuu!!! Al mismo tiempo.

Entonces el Miguel se paró, tomó el micrófono con toda naturalidad y dijo «cabros la cagué, voy y vuelvo», se subió a la Subaru y desapareció, más tarde, como una hora después volvió con un parche, que muy nuevo no se veí­a, y luego de media hora logró cambiarlo, y por fin tocar esas canciones, preciosas de aquel disco precioso, imprescindible e histórico, esas canciones que tení­an el gustillo de la rebelión, esas canciones que incluso te daban valor de mirar a los militares a la cara en la calle. Esa música, que poco a poco nos fue enseñando, que nuestro destino no estaba decidido y que la historia no estaba terminada, sino que para nosotros, si así­ lo querí­amos, podí­a estar recién comenzando.

Por supuesto hoy en dí­a todos sabemos, como siguió y al parecer como terminó la historia de Los Prisioneros. Hoy sabemos lo penca y miserable de la pelea que divide a los miembros de la banda. A mí­ no me importa nada de eso, a mí­ como fans de la banda más importante de la historia de este paí­s, no me importa la letra chica de esta historia y sinceramente creo que la anécdota del parche de la baterí­a roto y tantas otras que podrí­a contar, valen mucho más que las pequeñeces de que somos capaces los seres humanos. Y creo que a los miembros de la banda les harí­a bien comprender esta verdad, aceptar quienes son para todos nosotros. Son nuestros amigos, son los amigos del barrio, de San Miguel que nos enseñaron a dejar de tener miedo, y dejar de tener miedo es lo que a la larga te va transformando en hombre o mujer. Cuando Claudio, Jorge y Miguel; los tres muchachos que formaron Los Prisioneros, comprendan por fin que lo que hicieron es más grande que ellos mismos como personas seguramente serán más capaces de perdonarse de seguir adelante y por que no, como buenos amigos, juntarse de vez en cuando y subirse a la vieja Subaru blanca, que estoy seguro aún espera en la puerta.

Por Pablo San Martí­n

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