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Extracto de libro: Latinoamérica es grande

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El nuevo libro de Cristóbal González, «Latinoamérica es grande», aborda desde un amplio prisma el impacto de la presencia que la banda nacional «Los Prisioneros» ha tenido en el extranjero, desde sus primeros viajes hasta las incursiones en el nuevo milenio. En Aldea Local y con el gentil auspicio de Santiago-Ander anticipamos parte de lo que es su texto, el que será lanzado en formato de libro este 16 de octubre a las 19:30 hrs en Centro Arte Alameda.

Sobre el autor:

Cristóbal González Lorca (Santiago, Chile, 1976). Formó la banda ska Santo Barrio y el
grupo de rock Gandjarvas. Estudió Comunicación Social en Alpes. Ha trabajado en
producción con Joe Vasconcellos, Banda Conmoción, Mauricio Redolés y Mariel Mariel.
Ha colaborado en medios españoles y chilenos. Ha tenido programas de radio (Sudamerican Writers y Mestiza Cultura). Ha publicado los libros Tumbao Rebelde: El
Rock Mestizo de Santo Barrio y Santaferia, La Ruta del Huracán. Participó en el libro
¡Sube la Radio! Los discos que nos volaron la cabeza, de Santiago-Ander Editorial.
Actualmente es mánager de Santaferia y colabora en The Clinic.

VENEZUELA

Tuve la suerte de ver a Los Prisioneros en vivo a fines del ‘91, en el tramo final de la gira del disco Corazones, en Venezuela. Tenía quince años y vivía en Caracas. Allá se celebró un festival con los mejores exponentes del rock iberoamericano, figuras que se habían consagrado mayormente en los años ‘80 y que, por lo mismo, en Chile ya no sonaban tanto, pero que en el resto del continente seguían muy vigentes.

Mi padre nos llevó en auto a mi amigo Pedro Omedas y a mí para que durante cinco días pudiéramos deleitarnos con los shows de Soda Stereo, Paralamas, Fito Paéz, Los Lobos, Sentimiento Muerto, Zapato 3, Desorden Público, y por supuesto, Los Prisioneros. Eran los últimos días de la banda, estaban cansados, agotados. Sin embargo, el público de Venezuela recibió con cariño a la formación de Jorge, Miguel, Cecilia y Robert, y coreó con fuerza los temas, tanto los antiguos como los de aquel llamativo nuevo disco synth pop, Corazones, un álbum diferente a los anteriores, pero muy bien logrado y que los terminó de posicionar y ubicar al lado (y al nivel) de las grandes bandas de la región.

El viaje a Venezuela fue accidentado. Estuvieron tres horas en el aeropuerto de Lima esperando, mientras personal de seguridad revisaba el avión donde viajaban, pues hubo una amenaza falsa de bomba (un episodio ligado al contexto político y social de la época en Perú). Su participación en el evento también tuvo algunas complicaciones.

Los Prisioneros habían sido convocados para tocar dos veces en el festival. La primera noche tocarían junto a varias bandas y artistas, entre ellos, Fito Páez. Pero el rosarino presionó a la organización logrando sacar a Los Prisioneros del cartel la primera noche. Al día siguiente, Los Prisioneros pudieron finalmente tocar —enviando algunos recados a Fito—, quien, a su vez, durante esa segunda jornada hostigó a través de su equipo a la banda ska venezolana Desorden Público, para que estos terminaran rápido su show. “Los argentinos, que esperen”, le respondió Horacio Blanco, cantante del combo ska venezolano por medio del micrófono a Fito. La maquinaria de Páez no logró imponerse ante “los desordenados” en ese instante, pero al final, gente del staff de Fito cortó la mezcla de sonido de Desorden Público, de modo que el grupo no pudo terminar bien su presentación.

El 2016 Gonzalo Fouere y yo tuvimos en nuestro programa radial El Huracán Bailable a Desorden Público; así recordaron ellos el episodio:
Caplis, bajista: “Yo sabía que había una mala onda terrible entre Los Prisioneros y Fito Páez que venía de antes. Como anécdota te puedo decir que Antonio Rojas, el primer guitarrista de Desorden, tenía un aire con alguno de Los Prisioneros, y Fito Páez lo confundió. Estábamos de lo mejor en nuestros camarines y vemos que viene Fito Páez enfurecido, era un energúmeno el tipo, y le grita a Antonio, “tú eres de Los Prisioneros”. Antonio dice “¿qué le pasa a este loco?”, y el tipo manoteando y tal, como loco. Y Fito es bajo y flaco. Antonio es alto, le iba a poner su parada. Fito siguió con su actitud pendenciera hasta que Antonio salió y lo paró, “¡qué te pasa a ti, chico!”, le dijo. Fito captó el acento y pensó, seguramente, “estos tipos no hablan como chilenos” y nos dijo, “pero ¿ustedes quiénes son?”. “Desorden Público”, le respondimos. “¡Perdón, disculpen! ¡Es que no soporto a esos chilenos, que siempre me están insultando!”. Ahí la cosa se calmó un poco, pero solo por un rato, ya que después, cuando salimos a tocar, Desorden gozaba de un buen show, éramos profetas en nuestra tierra, y el mánager de Fito va a la consola y nos tumba toda la mezcla, una grosería total. Después lo fuimos a buscar a Fito a su camarín para caerle a golpes, ahora sí había una razón para pelear; Fito se tuvo que encerrar en su camarín para protegerse. Nosotros nunca fuimos amantes del rock argentino, pero el incidente nos ganó más simpatía de la que ya teníamos hacia Los Prisioneros”.

El contrato de Fito Páez en Caracas era para cerrar ambas noches y a una hora determinada, por eso el primer día Fito exigió salir de inmediato y cerrar, o de lo contrario se retiraba. Él era el número más esperado de la noche, así que esto obligó a los organizadores a marginar al entonces dúo de San Miguel del festival, al menos en la primera noche. Esto fue muy lamentable y egoísta por parte del hombre del “Amor Después del Amor”, que no pensó ni un minuto en los chilenos que, como yo, habíamos esperado años para poder ver a los de San Miguel en vivo. Pero no había que desfallecer; la banda se presentaría finalmente al otro día, concretando una actuación que, al final, fue tan esperada como emocionante.

Recuerdo bien el momento previo al show de Los Prisioneros. Se apagaron las luces y se produjo una gran expectación. Los teclados comenzaron a hacer sonar los acordes de manera fija e hipnótica con ese sonido de época, tan característico. Las máquinas de humo alimentaban la tensión y de lejos se veía el relieve de una figura femenina en el teclado. Era Cecilia Aguayo. Seguían sonando los acordes, cuando de repente apareció la inconfundible imagen de Jorge González, con ese look entre agitanado y rockero que cultivaba en esos años, con jeans, chaqueta de cuero y una camisa blanca semi abotonada. “No te pares frente a mí, con esa mirada tan hiriente…”. Bastó que Jorge cantara esa frase para que la multitud empezara a corear de manera efervescente el comienzo de “Estrechez de Corazón”. Luego tocaron “¿Por Qué No Se Van?” y minutos más tarde “El Baile de los que Sobran”, ambas extraídas de Pateando Piedras. Luego interpretaron “Sexo”, entre otros clásicos. Remataron con “Tren al Sur”, quizás el tema más esperado de la noche. Fueron momentos emocionantes. Su historia, sus letras y sus emblemáticas canciones los convirtieron en un referente importante a nivel regional. Por eso, y aunque llegaran en esa etapa más pop, fueron igualmente recibidos con fervor. Ni siquiera la inclusión de Cecilia Aguayo en teclados y coreografías (un tanto incomprendida en Chile), mermó el entusiasmo de quienes presenciamos aquel espectáculo. Y es que simplemente eran Los Prisioneros.

No hay que entender el impasse con Fito Páez (a quién Jorge llamó “diva histérica” en su show), como un hecho aislado. Recordemos que, en el primer show de la banda en el exterior, en el Montevideo Rock, el grupo GIT, convocado para cerrar la jornada, hizo una jugada hábil y se adelantó a su turno, quedándose con un mejor horario para tocar, dejando a Los Prisioneros para el cierre del evento. Miguel Mateos, por su lado, también se quedó (unilateralmente) con el mejor puesto en el festival de Colombia del ‘88, aunque ello, al final, favoreciera a Los Prisioneros.

El contrato de Fito Páez en Caracas era para cerrar ambas noches y a una hora determinada, por eso el primer día Fito exigió salir de inmediato y cerrar, o de lo contrario se retiraba. Él era el número más esperado de la noche, así que esto obligó a los organizadores a marginar al entonces dúo de San Miguel del festival, al menos en la primera noche. Esto fue muy lamentable y egoísta por parte del hombre del “Amor Después del Amor”, que no pensó ni un minuto en los chilenos que, como yo, habíamos esperado años para poder ver a los de San Miguel en vivo. Pero no había que desfallecer; la banda se presentaría finalmente al otro día, concretando una actuación que, al final, fue tan esperada como emocionante.

Recuerdo bien el momento previo al show de Los Prisioneros. Se apagaron las luces y se produjo una gran expectación. Los teclados comenzaron a hacer sonar los acordes de manera fija e hipnótica con ese sonido de época, tan característico. Las máquinas de humo alimentaban la tensión y de lejos se veía el relieve de una figura femenina en el teclado. Era Cecilia Aguayo. Seguían sonando los acordes, cuando de repente apareció la inconfundible imagen de Jorge González, con ese look entre agitanado y rockero que cultivaba en esos años, con jeans, chaqueta de cuero y una camisa blanca semi abotonada. “No te pares frente a mí, con esa mirada tan hiriente…”. Bastó que Jorge cantara esa frase para que la multitud empezara a corear de manera efervescente el comienzo de “Estrechez de Corazón”. Luego tocaron “¿Por Qué No Se Van?” y minutos más tarde “El Baile de los que Sobran”, ambas extraídas de Pateando Piedras. Luego interpretaron “Sexo”, entre otros clásicos. Remataron con “Tren al Sur”, quizás el tema más esperado de la noche. Fueron momentos emocionantes. Su historia, sus letras y sus emblemáticas canciones los convirtieron en un referente importante a nivel regional. Por eso, y aunque llegaran en esa etapa más pop, fueron igualmente recibidos con fervor. Ni siquiera la inclusión de Cecilia Aguayo en teclados y coreografías (un tanto incomprendida en Chile), mermó el entusiasmo de quienes presenciamos aquel espectáculo. Y es que simplemente eran Los Prisioneros.

No hay que entender el impasse con Fito Páez (a quién Jorge llamó “diva histérica” en su
show), como un hecho aislado. Recordemos que, en el primer show de la banda en el
exterior, en el Montevideo Rock, el grupo GIT, convocado para cerrar la jornada, hizo una
jugada hábil y se adelantó a su turno, quedándose con un mejor horario para tocar,
dejando a Los Prisioneros para el cierre del evento. Miguel Mateos, por su lado, también
se quedó (unilateralmente) con el mejor puesto en el festival de Colombia del ‘88, aunque
ello, al final, favoreciera a Los Prisioneros.

En sus incursiones internacionales Los Prisioneros tuvieron que lidiar con bandas que hacían y deshacían con los horarios; artistas que usaban su posición de mayor popularidad para imponerse y obtener mejores condiciones y horarios en los eventos, en desmedro de los chilenos, que no contaban con el mismo respaldo de difusión, gestión y producción que sus pares argentinos.

Pensemos en el siguiente contraste: en Chile en los ‘80 los medios no difundían el quehacer internacional de la banda, mientras que grupos como Soda Stereo viajaba con periodistas de su país, invitados por la misma banda a sus giras. Esta inteligente estrategia de Soda Stereo nos habla de un medio con más visión y desarrollo, y expone también las notorias diferencias que había entre uno y otro referente en sus respectivos países.

Los Prisioneros doblegaron sus orígenes sencillos y se convirtieron en referentes nacionales en un país muy complejo como Chile, y en un contexto aún más difícil como una dictadura. Se pararon de tú a tú en el extranjero con grandes bandas del continente, que venían con un soporte de difusión y producción mayor, y aunque no siempre ganaron, no pasaron inadvertidos, al contrario; dejaron bien puesto el nombre de la banda y del movimiento chileno en cada uno de los escenarios donde estuvieron.

*****

Puntos de venta de «Latinoamérica es Grande: la ruta internacional de Los Prisioneros»: Qué Leo Tobalaba, Qué Leo Forestal, Qué Leo Dublé Almeyda, Librerías UC, Librería GAM, Disquería Chilena, Tienda SCD, Librería Ulises (Lastarria), Nueva Altamira, Mapurbe Store (Persa Bío-Bío), Polilla Records, Casa Fantasma, Librería Kalimera, La Librera Feliz.

Melómana de nacimiento, obsesiva de formación, actualmente mis tiempos están enfocados a la música que me haga sentido, a las bandas que manejo y a los hijxs que crío, a Nueva Santiago y a Aldea Local. Traductora, periodista, manager, productora, booker, distribuidora de discos, mami, pareja y colega, con dos gatas adoptadas. Leo y veo series. Ahora también cocino, tejo, armo cojines. - Siempre el mejor proyecto es el que está por venir -

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  1. Pingback: LATINOAMÉRICA ES GRANDE. LA RUTA INTERNACIONAL DE LOS PRISIONEROS – Cristóbal González Lorca | SANTIAGO-ANDER EDITORIAL

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