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Memoria

Payo Grondona: «¿A quién le importa?»

Hay cantautores «de protesta» ansiosos por clavar la bandera de una canción trascendente. Otros que, embobados por su pasado de gloria, repiten como un mantra proclamas superadas. Payo Grondona, voz ineludible de la Nueva Canción Chilena, no pertenece a ninguno de los dos tipos. Sus composiciones hoy se mueven al ritmo de una calma rutina costera, y de una agudeza inamovible y sin amarguras que a veces le hace pensar que su paso por la música quizás no le importe a nadie.

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Pocos cantautores asociados a la Nueva Canción Chilena tuvieron la agudeza con la que Payo Grondona se acercó a las visicitudes del chileno medio desde una plataforma construida con humor, solidaridad y sutil denuncia. Pero quizás ni él sospechaba entonces la firmeza que mantendrí­a su diagnóstico décadas después de sus primeros latidos, cuando Chile recorrí­a un trayecto que ha dejado de ser comparable en el grito épico de un «gran relato», pero que no dista demasiado del actual si se le analiza desde la perspectiva de, por ejemplo, una pareja que busca apurada un motel desocupado (como la de «Il Bosco», uno de sus temas más conocidos) o una humilde ví­ctima del transporte público de Santiago.

Payo Grondona observa hoy a Chile desde la vida sencilla que desde hace un tiempo le regala la rutina doméstica de una casa en Concón. Acaso haya agudizado ese sarcasmo que a veces parece amarga resignación y, otras, dolido desencanto. Algo indefinible lo mantiene componiendo, grabando y mostrando su música, reunida de nuevo en Cancionero polí­tico, un disco que combina tí­tulos de varias épocas (muchos, antes inéditos) que, no sin sorna, el músico describe en la carátula como «revolucionarios, comprometidos, paritarios, demagógicos, inclusivos y voluntaristas», entre otras cosas.

Quizás su persistencia sea fruto de su respeto inoxidable hacia el formato de canción popular, aprendido de maestros como Violeta y Roberto Parra, o su mejor amigo uruguayo, Daniel Viglietti. O hasta puede ser su aversión visceral a la flojera, el mantra chileno que, según él, reside en el centro de nuestras grandes y pequeñas desgracias.

«Espero sentado en mi puerta que pase el cadáver de la flojera. No voy a estar en la cantinela del nadie me comprende, los medios no me pescan», explica. «Nadie tiene por qué comprenderte ni pescarte. Ahora, si no te pescan: mal pa’ ellos; porque cuando te mueras van a tener que quemarse los ojos escuchando tus discos e intentando describir en un obituario qué cresta cantaba este tipo. Mi abuelita decí­a que el flojo trabaja doble».

Por eso Gonzalo Grondona (Playa Ancha, 1945) ya no se apura, ni menos ansí­a lo que por trayectoria y talento probablemente merecerí­a con creces. El compositor de «La Nelly y el Nelsón», «La muerte de mi hermano» y «La conversada» sigue prefiriendo que lo llamen, simplemente, «un compositor de canciones; o sea, un cancionero».

«Aquí­ escuchas grupos que se atribuyen tener ‘una trayectoria de cinco años’. -¡Cinco años! Y está lleno de padres, de inventores, de… toda esa cosa fundacional que acá les fascina, y que por mucho que cada tanto tiempo salga con un ‘nuevo estilo’, hace que todos terminen como Luis Dimas. Si el que hace pan es panadero; entonces yo soy un cancionero. Y no soy un creador compulsivo, ni mucho menos. En toda mi vida he compuesto unas 120 canciones, no más».

-No tantas.
-Una cagada.

-¿Alguna explicación para eso?
-Soy muy exigente. Y soy muy lento. Creo que una canción debe estar resuelta. Tiene que tener una historia antes y una historia después, porque tú cuentas una parte, no todo. Ése es mi juego. Y por eso no soy de esos autores que tienen quinientas canciones y te dicen «ésa la hice en diez minutos». Mira, yo tengo claro lo que puedo hacer, sé hasta dónde llego. Mi parábola de los talentos está resuelta hace muchos años. Entonces me demoro en tener resuelto lo que busco, pero al menos no estoy en esa de «arreglar la carga en el camino».

-Leer sobre ti es encontrar casi infinitos adjetivos. De partida, eso de ser representante de «folclorista urbano».
-Es que, cuando partí­, se decí­a que el único folclor era el rural. Y entonces qué iba a hacer yo de folclorista, cantándole al arroyito y la manta de tres colores, viviendo en Playa Ancha y vistiéndome de terno con corbata. Los que estábamos en ésa pensábamos que, para que el paí­s se parase en dos pies, tení­a que existir el folclore urbano. Ya ves que el tiempo terminó consagrándolo.

-Del mismo modo, tu tipo de canto polí­tico no tiene casi nada que ver con la épica de contemporáneos tuyos.
-O sea, yo canté «Il Bosco» en el Festival de la Nueva Canción Chilena, el año 70, cuando el Ví­ctor [Jara] fue con «El alma llena de banderas». Imagí­nate: cabrito, con banyo, cantando sobre un par de huevones calientes que terminan yéndose a atracar al parque. O sea, cero puñito pegado al techo. Cero pólvora. Pero mi mensaje era el siguiente: Okey, estamos planeando la revolución, en la protesta universitaria, estamos en todo este cambio; pero también estamos viviendo.

-La canción más nueva del disco es «A quién le importa». Es un diagnóstico gracioso pero feroz. -¿En qué pensabas al componerla?
-Está ese mito de que el Payo Grondona tiene canciones light, en las que no pasa nada, que no se moja el poto… Bueno, ahí­ está esa canción. Porque en un paí­s donde lo importante es lo que dijo la Marlene, -¿a quién le importa que yo haya participado en la posibilidad electiva y mantenimiento del exilio [irónico], y de financiar cosas acá cantando afuera; paseándome por todo el mundo y aburriéndome; con pasaporte de la RDA por el que miraban como un paria (pero, como tengo cara de caballero y apellido raro, pasaba colado).

-El tuyo ha siempre un escepticismo disfrazado de sarcasmo. -¿Lo aprendiste temprano en la vida? -¿Nunca cantaste desde una mayor ingenuidad, por ejemplo?
-Es que yo soy ingenuo. Me he puesto la camiseta, el suéter, el abrigo… me lo he puesto todo. Y uno es optimista, siempre, porque uno confí­a en que las cosas van a salir bien. Confí­as en que la transición será normal, confí­as en que esto que estamos hablando se va a entender, y que mi disco de algo va a servir para emocionar a alguien. A uno le han dicho upeliento, antipinochetista, pequeñoburgués. Yo voy más p’atrás: yo soy un simple y vulgar intelectual de izquierda. Y a mucha honra, aunque lo que se usa ahora es ser «republicano, liberal, progresista, liberal demócrata». -¿Y por qué no ser más natural y declararse un intelectual de izquierda? Yo prefiero ser cajón de sastre, donde cabe mucho, que un ataúd. -¿Pa’ qué te voy a decir que soy leninista, si tú vas a decir «-¡leninista! -¡Qué terrible!». Porque como tú eres ignorante, te da miedo, y te quedas con el cliché. Porque una de las maneras de dominar es a través de la ignorancia.

Los esperadores de micro

Además del inequí­voco pulso urbano que aviva muchas de sus composiciones, Payo Grondona regaló en varias de sus más conocidas canciones agudas menciones a la rutina en torno a la rutina de subeybaja de las micros capitalinas. Mucho antes del Transantiago, el cantautor invitaba en «Sindicato de esperadores de micro»a soñar con un sistema de transporte público en el que, «por cada dos paraderos, habrá baños y buffet / todos tendrán su carnet de socio esperador (» )/ Al socio, por reglamento, no le darán apretones /ni tampoco empujones los otros pasajeros (» ) / Y no le podrán decir, ya pues córrase al pasillo / ya pues, pague con sencillo; ya pues, suelte los quinientos».

-Volvemos a lo de la flojera. Si la micro pasa a cuatro cuadras de tu casa, -¿qué te cuesta caminar? Si te acostumbraste a que la micro parara apenas le hací­as una seña desde la puerta de tu casa, pues habrá que cambiar el rito. El chileno, que antes pagaba todo al contado, hoy es feliz pagando en cuotas. Pero en las micros no podí­s pagar en cuotas eso de viajar parado.

Y sigue:

-El que tiene que caminar cuadras para tomar la micro, es el mismo gil que debe cuatro sueldos en la multitienda. Es el mismo gil del que ahora dicen que se le está dañando «su calidad de vida», pero que a nadie le interesa que no lea, que viva comprando cosas que no necesita. Ahora todo está mal porque a ese chileno se le pasa la micro, pero no está mal que le pegue a la señora, que no cumpla en el trabajo, que compre cassettes piratas y no sepa ni quién es Garcí­a Márquez pero se gaste cuarenta lucas en ir a ver al Marco Antonio nosecuántito. Es desproporcionado. -¿Cómo tú puedes reducir los problemas de idiosincracia nacional a una micro más o una micro menos?

-La pregunta del millón: -¿es ese chileno endeudado, flojo y bueno para quejarse culpable de su propia desidia y arribismo, o una ví­ctima de décadas de maltrato y desigualdades en la sociedad que le tocó?
-Todas las anteriores.

Por Marisol Garcí­a | La Nación Domingo (01/04/2007)

Productor en Nueva Santiago. Docente en Instituto Profesional ARCOS. Investigador musical en series de tv "Cassette, Historia de la música chilena" y "Chile en llamas". Gestor de proyectos musicales.

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